jueves, 23 de mayo de 2013

A mí lo que me divierte es salir a la calle con un bate de béisbol y romper cabezas


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Hoy he tardado más de una hora en realizar un trayecto de 15 minutos en coche, desde mi trabajo hasta el aparcamiento de un Burger King que está a unos 20 minutos andando desde mi casa. No es que haya ido a comer, tampoco que hubiera mucho tráfico, es que después de encontrarme 3 o 4 controles de la Guardia Civil que no me permitían acceder al pueblo en el que vivo de ninguna manera, he tenido que dejar el coche allí e ir andando.

¿Por qué? Porque un grupo de subnormales solo es capaz de divertirse molestando a los demás. Un grupo de catetos de mierda montados en carretas tiradas por tractores, que vienen de ver un puto trozo de madera que representa a una virgen que se avergonzaría del dantesco espectáculo montado en su nombre. Un grupo de hijos de puta que representan lo peor de nuestra de sociedad, el egoísmo extremo, la estupidez, la ausencia de civismo. Un grupo de cabrones entre los que se incluyen todas las autoridades que permiten y fomentan esto.

Porque en un mundo en crisis, que miles de borrachos puedan cortar todas las carreteras de una zona en nombre de la fe y la puta madre que parió a la religión, y que eso sea más importante que una persona pueda llegar a tiempo a su trabajo, o volver a su casa a cuidar de sus hijos para que su pareja pueda irse al trabajo, o llegar a un hospital, no es más que el reflejo de lo que somos como sociedad, pura basura.

Tenemos un país de mierda porque nos lo ganamos a pulso, porque no importa si no hay dinero para contratar profesores sustitutos, para poner más médicos en los hospitales o para invertir en investigación. Mientras haya dinero para honrar una imagen religiosa a la par que nos emborrachamos, o colapsar una ciudad completa durante una semana para que cientos de miles de capillitas sin cerebro puedan satisfacer sus ansias de misticismo, todo lo demás nos importa una mierda. Pues ojalá reviente pronto este puto país de mierda a cuyos habitantes cada día odio más.

Capillitas y rocieros, la próxima vez que estéis desesperados por no encontrar trabajo, que sufráis una grave enfermedad, o que paséis por una desgracia, dejad de tocar los cojones a los demás en las oficinas el INEM o en los hospitales, id a rezar a una puta iglesia y que os cure y os dé trabajo ese dios al que tanto adoráis. Amén.


P.D. Si no te gusta lo que lees, vete a otro sitio, bórrame de todas las redes sociales, no sigas mi blog, no me saludes, no me dirijas la palabra; pero no me toques los cojones.

viernes, 12 de abril de 2013

Añorando la edad de piedra

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El otro día escuché en la radio, la que seguramente es la frase más estúpida que he oído nunca en un medio de comunicación"yo estoy en contra de la tecnología".

Partiendo de la base de que un martillo, una rueda, o un mechero, son productos tecnológicos, es de suponer que lo que el cenutrio en cuestión quería decir es, que está en contra de las nuevas tecnologías. No creo que haya hoy en día nadie tan estúpido como para estar en contra de, por ejemplo, las cremalleras. Como la estupidez no se cura sola, os dejo una lista de productos tecnológicos, por si alguna vez os encontráis en una discusión con un troglodita:

 - Una cremallera, un martillo, una bicicleta, un bisturí, una máquina de respiración asistida, una bombilla, un cuchillo, una lavadora, un motor eléctrico, un bolígrafo, una máquina de coser, una escoba, un mando a distancia, una campana, una máquina de rayos x, una cintra métrica, un ascensor, el sistema de frenado de un coche, un aparato de diálisis, etc.

La lista es prácticamente interminable, casi tanto como la estupidez de algunos humanos, y para ahorrarle la vergüenza al individuo, no citaremos su nombre :)

domingo, 31 de marzo de 2013

0,76 € al año


Imagen: Flickr
Hace unos días dejó de funcionarme Whatsapp. Llevaba varios días saliendo un mensaje recordándome que el servicio caducaba en breve, y tenía que pagar la cuota para otro año de uso. Lo fui dejando ir hasta que llegó el día y no pude usarlo, aunque tampoco me salía ya la opción de comprarlo. Probé a descargar la última actualización y parece que ha vuelto a funcionar, aunque no sé por cuanto tiempo.

El caso es que después de esto, me puse a pensar en el precio de la aplicación, y en lo que nos gastamos en otras cosas. 76 céntimos al año es una cantidad tan ridícula que la negativa a pagarla estaba más relacionada con la costumbre que con la lógica. Estamos acostumbrados a no pagar por software. Y en algunos casos tiene sentido, muchos programas son caros, tienen precios orientados a profesionales que no todos los usuarios pueden permitirse. Pero 76 céntimos al año por una aplicación que usamos a diario y que funciona muy bien, me parece más que justo.

Por un lado, hay que entender que, por mucho que no nos demos cuenta, detrás de una aplicación hay un grupo de personas que trabajan, no solo para desarrollarla, sino para mantenerla, actualizarla y corregir los errores. Igual que hoy la gente ya no usa Windows 3.1, las aplicaciones de móviles también se irán quedando obsoletas si alguien no las va actualizando. Por otro lado, si analizamos las alternativas, aunque existen varios programas gratuitos con las mismas funcionalidades, hay algo en lo que fallan todas las que he probado; la complejidad. Whatsapp no es mejor porque pueda hacer más cosas, porque sea más segura o más bonita. Es una cuestión de simplicidad por lo que ahora lo usan millones de personas de todas las edades. Ha dejado de ser una aplicación para usuarios avanzados y se ha convertido en universal, porque es sencilla.

He leído varios mensajes en Internet criticando a la gente que se gasta cientos de euros en un teléfono móvil y no se quiere gastar menos de un euro en una aplicación, pero creo que la comparación es un error. Que yo decida gastarme más dinero en una cosa que en otra no viene al caso, la cuestión es si merece la pena pagar 76 céntimos al año por usar la aplicación y si el precio es justo.

viernes, 15 de marzo de 2013

El rato que fui de amena

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Hace algo más de un mes que terminó el periodo de permanencia que tenía con Yoigo, y viendo los precios de las tarifas de voz y datos del mercado, decidí cambiar de compañía para ahorrar unos euros al mes. Después de ver varias opciones, me decidí por amena, que por 7 euros más IVA al mes, ofrece 1 GB de datos y llamadas a 1 céntimo el minuto (más 15 céntimos de establecimiento por cada llamada). Solicité la portabilidad a través de Internet y al momento comenzó a tramitarse.

Al día siguiente me llamaron de Yoigo para preguntar por la potabilidad y el motivo de la misma, y tras escuchar mi explicación, me ofrecieron una tarifa muy parecida, pero con 3000 minutos al mes de llamadas a 0 céntimos el minuto (más 15 céntimos por llamada…). Tras sopesarlo un poco, y teniendo en cuenta que hasta ahora el funcionamiento de la red había sido bastante bueno, decidí aceptar la contraoferta y permanecer en Yoigo. Y ese día descubrí el porqué de la mala fama de las compañías de telefonía móvil.

En primer lugar, desde Yoigo me dicen que tengo que llamar a amena para cancelar la potabilidad, pero es más fácil hablar por teléfono con Obama que con atención al cliente. Después de 5 ó 6 intentos, cuando me cogen el teléfono, me dicen que el horario de cancelación de portabilidades es hasta las 14:00 (!!!!). Al final me vuelven a llamar de Yoigo para comunicarme que la portabilidad ya está hecha, pero que pueden gestionar mi vuelta directamente si estoy de acuerdo.

En ese momento me doy cuenta de que he cometido el error de no solicitar el código de desbloqueo para liberar el teléfono en el mismo momento que me ofrecieron la "retroportabilidad", así que el día que recibo la tarjeta de amena, al ponerla, compruebo que no puedo usarla e intento solucionarlo. Llamo a atención al cliente de Yoigo y un contestador comienza a pedirme mis datos. Una vez introducido el móvil y el dni me comunican que mis datos no coinciden con ningún cliente (efectivamente, durante ese día, a efectos prácticos, yo no era cliente), por lo que no puedo pasar la barrera de ese contestador. Busco varios teléfonos por Internet y tras llamar a unos 5 ó 6 números diferentes, consigo que una operadora me confirme que, la única opción de que ellos me faciliten el código para liberar el móvil, es que sea cliente en el momento de pedirlo. Si había sido cliente un día antes, durante más de un año y medio, o iba a serlo de nuevo al día siguiente, no tiene ninguna importancia, porque justo en ese momento yo no era cliente.

Después de un rato charlando, le pregunto a la operadora que, si yo no quisiera volver a Yoigo y quedarme en la otra compañía, la única opción que tendría para liberar el móvil sería, volver a solicitar la potabilidad a Yoigo, solicitar el código, y automáticamente volver a solicitar la potabilidad a otra compañía. Ella me confirma que es la única opción que me quedaría.

Finalmente, tras la odisea de llamadas, decido tirar por la calle de en medio y, aprovechando que el móvil es android y tengo permisos de root, descargo del market una aplicación que, tras un par de clics y unos 2 minutos de espera, libera el teléfono permitiendo usar una tarjeta SIM de cualquier compañía. Meto mi tarjeta de amena y comienzo a usar el móvil desde aproximadamente las 20:00, y a las 2 de la mañana vuelvo a ser cliente de Yoigo.

He sido cliente de Yoigo más de un año y medio, he sido cliente de amena durante varias horas, y en ambos casos tengo la misma sensación desesperante de ver lo mal que gestionan las relaciones con los clientes las compañías telefónicas.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La dación en pago y la cultura del alquiler

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Ahora que este gobierno, posiblemente uno de los más desastrosos de la democracia, intenta justificar el rechazo hacia la iniciativa legislativa popular acerca de los desahucios, los medios de comunicación no parece que den cabida a ninguna propuesta alternativa al problema de la vivienda en este país (también podría ser que nadie esté planteando alternativas).

Creo que hay dos cosas que se están pasando por alto todo el tiempo en este debate. En primer lugar, no creo que los desahucios sean la solución para los bancos. La mayoría de entidades financieras tienen ya una enorme bolsa de viviendas desocupadas, muchas de ellas procedentes de promociones que nunca llegaron a venderse (viviendas que no han tenido dueño). Desahuciar a una familia para, posteriormente, intentar vender la vivienda y así intentar recuperar el dinero invertido, parece una mala idea, habida cuenta del desplome de precios que todavía no ha llegado a su fin. Cualquier alternativa que permita, a corto o largo plazo, un mínimo ingreso de quienes ahora mismo no pueden hacer frente a sus hipotecas, parece más razonable. Por ejemplo, ofrecer alquileres sociales a esas familias, obteniendo un beneficio extra y sin perder la posibilidad de algún día vender esa vivienda.

Pero cuando analizas a fondo la situación, caes en la cuenta de un segundo punto de vista; las personas que viven de alquiler. En España existe una cultura muy arraigada sobre la propiedad inmobiliaria, y es común escuchar consejos del tipo, "el alquiler es tirar el dinero, si compras estás invirtiendo". Esa frase, que tiene parte de verdad, es una visión muy sesgada sobre el tema. Es posible que, si te paras a hacer cuentas, descubras que los intereses que pagas por una vivienda a lo largo de tu vida, se parezcan mucho a la cantidad total que puedes pagar por un alquiler durante los mismos años. Sin contar con otros factores, como la "libertad" de cambiar de vivienda, de ciudad o incluso de país. De cualquier forma, es verdad que una vivienda en propiedad (aunque hasta que no pagas el último céntimo, la vivienda es del banco), aporta cierta seguridad en la vida de una familia. Y ahí es donde quería llegar.

Muchas personas que actualmente viven de alquiler, lo hacen simplemente porque no han tenido oportunidad de acceder a la compra de una vivienda. Se está hablando mucho de luchar contra los desahucios por el impago de las hipotecas, pero, ¿qué ocurre si una persona no puede pagar el alquiler de la vivienda en la que reside? Actualmente existen dos opciones para el inquilino; dejar de pagar y permanecer en la vivienda hasta que la justicia tome partido; o abandonar la vivienda en busca de una opción viable (un alquiler más barato, compartir piso, volver a la vivienda familiar…). ¿Qué ocurre si, una familia que vive de alquiler y no puede pagar la cuota, decide que aunque la vivienda no es de su "propiedad", es su hogar y no quiere abandonarlo? ¿Consideraría la sociedad que los están echando de "su" casa y apoyaría igualmente un movimiento que paralizara dichos desahucio? ¿Tendrán algunos que arrepentirse de no haber solicitado una hipoteca, por miedo a no poder hacer frente a la misma, y haber optado por vivir de alquiler? ¿Vamos a concederle mayor protección a quienes pagan "su" vivienda al banco que a quienes lo hacen a un casero?

martes, 11 de septiembre de 2012

Los liberales y la gran farsa de la democracia.

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Ahora que muchos países están haciendo recortes y subiendo los impuestos, se oyen muchas voces de liberales que defienden la no intervención del gobierno en la economía. Dicen ellos que, la economía es demasiado compleja, que un gobierno no puede regular correctamente algo tan complicado. No dicen lo mismo sin embargo de, por ejemplo, la justicia. A nadie se le ocurre decir que el gobierno no debe regular las leyes. Si alguien propusiera que a partir de ahora cualquier disputa se resuelva mediante la ley del más fuerte, estos liberales se rasgarían las vestiduras; pero claro, la justicia no es algo complejo, es muy sencillo (que se lo pregunten a un juez).

Esta es la época que nos ha tocado vivir, la era de la hipocresía.

El gobierno francés va a subir los impuestos a grandes bancos, empresas energéticas con acciones de petróleo, hogares adinerados y grandes corporaciones. Sin entrar en detalles y análisis, que seguro que hay cientos que defienden esta postura y cientos que la critican (todos ellos con grandes rezonamientos indiscutibles), creo que el sentido común nos dice que deben aportar más los que más tienen. Hace poco vi una entrevista en la que el director de Zinkia, la productora de Pocoyó, defendía que a los ricos hay que bajarles los impuestos, porque son los que más consumen y más riqueza generan de esta forma. En un momento dado comentó que si subían los impuestos a los más ricos, estos se iban a ir del país. Sí, claro, seguro. Por eso hay una oleada de inmigrantes de los muchos países europeos que pagan más impuestos que los españoles.

En primer lugar, una persona que tiene un negocio en su país, no puede de la noche a la mañana irse a otro como el que se va un fin de semana a Roma. La gente, en general, paga por tener una calidad de vida, no al revés. Te puedes ir a vivir a Ruanda, donde seguramente pagarás menos impuestos, pero seguro que te gusta tener una bonita casa con vistas al pirineo aragonés. Segundo, una persona que se enriquece en un país, que tiene la oportunidad de ganar mucho dinero, debería ser el primero en querer aportar más para hacer una sociedad mejor. Yo personalmente no querría ser el más rico de Afganistán y no poder salir de mi casa. Pero claro, la solidaridad no es algo que podamos exigirle a todas las personas.

Teniendo en cuenta que los seres humanos son egoístas por naturaleza, las sociedades establecen una serie de normas, reglas de convivencia para que tu vecino no viole a tu mujer, o que un compañero de trabajo no te robe tu salario. Esas reglas que todos exigimos que sean cumplidas, parece que no tienen nada que ver con la economía. La economía es para algunos una ciudad sin ley donde casi todo vale (menos robarle a un rico, claro).

En realidad podríamos aplicar estas teorías, no creo que sean mejores o peores que un estricto control, pero vamos a aplicarlas de verdad, y en todos los ámbitos. Vamos a vivir en anarquía, sin un gobierno que lo controle todo, porque la política es algo muy complejo que no se puede regular. Que cada cual consiga lo mejor que pueda con sus medios, sin intervenciones de policías ni jueces. Dentro de unos días, cuando no tenga nada que comer, me colaré en la casa de un rico a robarle, venderé todo lo que pueda y así podré comer. Y será justo. Y no habrá una policía que lo proteja de eso ni una justicia que me juzgue. Dejemos que el sistema se regule solo. A lo mejor descubrimos que muchos de los que ahora tienen grandes riquezas, en ese mundo sin leyes ni control, no serían ricos. A lo mejor ni siquiera sobrevivirían.

Por último, una idea descabellada sobre cómo gestionar los impuestos. En épocas de crecimiento económico, impuestos más altos y austeridad de las instituciones públicas para ahorrar. En épocas de crisis, grandes inversiones públicas para crear empleo y fomentar el crecimiento económico. Justo lo contrario de lo que se está haciendo ahora en casi toda Europa. Pero claro, la economía es algo demasiado complejo como para que un necio como yo tenga una opinión acertada.

domingo, 9 de septiembre de 2012

2015, año Mariano

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Utilizando el visor temporal que he fabricado dentro de 30 años y me he enviado a mí mismo a través del tiempo, he conseguido unas declaraciones de Mariano Rajoy en el 2015. Aquí os las dejo en primicia mundial:

"Españoles, sé que estamos viviendo momentos complicados, que todos estamos preocupados con la tasa de desempleo, que ha alcanzado la cota histórica del 99,99%. Entendemos vuestras preocupaciones, porque son también las nuestras.

Desde esta paradisíaca isla os quiero decir, que no descansamos ni un minuto en la búsqueda de nuevas soluciones que saquen al país de esta crisis global. Como bien sabréis, incluso en Alemania, país próspero donde los haya, el paro roza un alarmante 3% de la población.

Todos estamos sufriendo esta terrible situación. Ayer mismo, la cuñada de Esperanza Aguirre se torció un tobillo jugando al voley playa, mientras se devanaba los sesos para encontrar una solución al problema del desempleo. Pero no nos rendiremos; estamos seguros de que invertir la riqueza nacional para alejarnos del problema y así poder verlo en perspectiva, nos dará el punto de vista necesario para encontrar nuevas y brillantes ideas.

No os preocupéis, españoles, porque desde nuestro partido sabremos invertir todo vuestro dinero por el bien común. Ahora os dejo, voy a cortar esta videoconferencia, que aquí las masajistas van ligeras de ropa y no quiero pervertir vuestras mentes. Saludos desde nuestro "Retiro de Pensadores para el Futuro".

sábado, 18 de agosto de 2012

Una dosis de realidad

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Os contaré una historia, la historia de Robin de Loxsley, más conocido como Robin Hood, un hábil arquero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. En realidad ya conocemos la historia, casi todos hemos visto alguna película o leído algún libro basado en esa leyenda, y la mayoría, al menos los que no tienen un grave transtorno psicológico, nos hemos sentido identificados con el personaje. Nos cae bien, algo en nuestro interior nos dice que, cuando hay gente que lo pasa mal, que pasa hambre, robarle a los ricos, no es algo malo. Una especie de, llamémoslo, sentido común, que nos dice que las leyes no están para ser aplicadas a rajatabla, sino para tratar de ser lo más justas posibles. Que la justicia no es lo que un grupo de personas, en determinadas circunstancias, escribieron sobre el papel, que la justicia trasciende a las leyes, y que hay leyes injustas.

Pero luego la realidad nos golpea, nos muestra que esas cosas que vemos en las películas o leemos en los libros, pueden pasar en la vida real; que un grupo de personas puede entrar en un supermercado, y robar comida para dársela a los pobres. No monedas de oro, ni joyas. Comida. Y entonces, el miedo se apodera de nosotros; de repente alguien se ha atrevido a hacer en el mundo real lo que estaba reservado solo para la ficción, y el sentido común se desvanece, y nos dejamos dominar por la demagogia y la hipocresía. Nos centramos en criticar a una persona por su filiación política, por su sueldo, por sus vinculaciones e incluso por sus amistades. Nos olvidamos del acto en sí y nos centramos en la trayectoria de las personas que lo llevaron a cabo. Y entonces ocurre lo inevitable: encontramos errores del pasado, cosas con las que no estamos de acuerdo, acciones que nos parecen criticables o incluso detestables. Nos agarramos a todo eso porque nos da miedo el cambio; no nos gusta como está el mundo, pero no nos atrevemos a cambiarlo.

¿Y sabéis qué? Todos hemos cometido errores, todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Nuestros pasados están llenos de esos errores, son los que nos han formado como personas. Sin esos errores, seguramente, no seríamos lo que somos. Y seguramente seguimos cometiéndolos, es la única forma de avanzar. Pero nos sentimos con la potestad de escudriñar en el pasado de los demás y criticarlo, de bucear entre sus actos y pensamientos, buscando ese resquicio que no nos guste, esa frase que nos molesta, esa acción con la que no estamos de acuerdo, para invalidar a la persona, para no tener que replantearnos las cosas. Cosas como que, en una sociedad como la nuestra, en la que el estado del bienestar se desmorona, en la que hay gente que pasa hambre, ya no importa lo que es legal o no, sino lo que es justo.