Javier Bardem quiere comprar una antorcha para iluminar su cueva. Javier debería acudir a una tienda de antorchas en la que se venden diferentes modelos de diferentes fabricantes, por unos precios exagerados de los que los fabricantes de antorchas solo ven un pequeño porcentaje.
Una vez comprada la antorcha, Javier solo podrá encenderla para su uso privado, pues al compartir la luz de la antorcha está violando los derechos de los creadores de antorchas, que verán perjudicado su negocio al poder la gente compartir las luces de sus antorchas.
Tampoco podrá encender otras antorchas o una hoguera con su fuego, pues se consideraría un uso indebido de la antorcha, que ha sido fabricada para otros fines. Javier no tiene permiso para alterar el uso del producto que ha comprado.
Por otro lado, un grupo de piratas sin escrúpulos ha instalado cientos de molinos de viento y paneles solares, han distribuido una red de cables eléctricos y han proporcionado electricidad y energía a la cueva de Javier. Ahora con tan solo darle a un botón (mágico), Javier tiene luz y calor en su cueva, sin necesidad de comprar antorchas.
Los fabricantes de antorchas, enfurecidos, deciden protestar ante el gobierno por el tremendo perjuicio que la electricidad causa a su modelo de negocio. Consiguen imponer un canon en la venta de cualquier producto que pueda proporcionar iluminación o calor, pero para mantener sus niveles de vida necesitan obtener más ingresos, por lo que exigen una legislación que permita destruir los molinos y los paneles solares.
Sin embargo, algunos de los fabricantes de antorchas se dan cuenta de que, el dinero que Javier se gastaba en antorchas, se lo gastará ahora en bombillas, lámparas y unos bonitos cuadros para decorar su cueva. Deciden pues, renovar su negocio y comenzar a fabricar bombillas y lámparas, un negocio en auge mucho más próspero que la venta de antorchas.
Los negocios cambian porque lo impone la sociedad, así ha sido siempre y así seguirá siendo.
Hay cientos de páginas chinas que venden teléfonos móviles de imitación a precios de risa, prácticamente iguales en apariencia a los modelos más caros del mercado, pero los teléfonos originales se siguen vendiendo muy bien. El jamón de bellota pata negra se sigue vendiendo a pesar de ser muchísimo más caro que el jamón de recebo. El sucedáneo de caviar no ha acabado con el negocio del caviar. No es que la gente no quiera gastar, la gente lo que quiere es decidir (o tener la sensación de que deciden, pero ese es otro tema) en qué se gastan el dinero. Quieren sentir que cuando gastan más dinero, obtienen un producto de mayor calidad.
Si alguien que compra la ropa en un mercadillo porque su economía no le permite gastar más, gana un premio millonario en la lotería, seguramente decida comprar ropa de más calidad a un precio superior. Si un millonario hombre de negocios se queda en la ruina, tendrá que malvender su ropa de lujo para comprar comida y ropa del mercadillo. Es lo que tiene el libre mercado, que a veces te enriqueces y otras te vas a pique.
Y los fabricantes de bombillas tuvieron que adaptar sus negocios y vender bombillas de bajo consumo, hasta que llegue el día en que alguien invente una forma de iluminación mejor, de forma que podamos prescindir de las bombillas, y así sucesivamente, porque el mundo, afortunadamente, evoluciona.

