sábado, 18 de agosto de 2012

Una dosis de realidad

Imagen: Flickr
Os contaré una historia, la historia de Robin de Loxsley, más conocido como Robin Hood, un hábil arquero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. En realidad ya conocemos la historia, casi todos hemos visto alguna película o leído algún libro basado en esa leyenda, y la mayoría, al menos los que no tienen un grave transtorno psicológico, nos hemos sentido identificados con el personaje. Nos cae bien, algo en nuestro interior nos dice que, cuando hay gente que lo pasa mal, que pasa hambre, robarle a los ricos, no es algo malo. Una especie de, llamémoslo, sentido común, que nos dice que las leyes no están para ser aplicadas a rajatabla, sino para tratar de ser lo más justas posibles. Que la justicia no es lo que un grupo de personas, en determinadas circunstancias, escribieron sobre el papel, que la justicia trasciende a las leyes, y que hay leyes injustas.

Pero luego la realidad nos golpea, nos muestra que esas cosas que vemos en las películas o leemos en los libros, pueden pasar en la vida real; que un grupo de personas puede entrar en un supermercado, y robar comida para dársela a los pobres. No monedas de oro, ni joyas. Comida. Y entonces, el miedo se apodera de nosotros; de repente alguien se ha atrevido a hacer en el mundo real lo que estaba reservado solo para la ficción, y el sentido común se desvanece, y nos dejamos dominar por la demagogia y la hipocresía. Nos centramos en criticar a una persona por su filiación política, por su sueldo, por sus vinculaciones e incluso por sus amistades. Nos olvidamos del acto en sí y nos centramos en la trayectoria de las personas que lo llevaron a cabo. Y entonces ocurre lo inevitable: encontramos errores del pasado, cosas con las que no estamos de acuerdo, acciones que nos parecen criticables o incluso detestables. Nos agarramos a todo eso porque nos da miedo el cambio; no nos gusta como está el mundo, pero no nos atrevemos a cambiarlo.

¿Y sabéis qué? Todos hemos cometido errores, todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Nuestros pasados están llenos de esos errores, son los que nos han formado como personas. Sin esos errores, seguramente, no seríamos lo que somos. Y seguramente seguimos cometiéndolos, es la única forma de avanzar. Pero nos sentimos con la potestad de escudriñar en el pasado de los demás y criticarlo, de bucear entre sus actos y pensamientos, buscando ese resquicio que no nos guste, esa frase que nos molesta, esa acción con la que no estamos de acuerdo, para invalidar a la persona, para no tener que replantearnos las cosas. Cosas como que, en una sociedad como la nuestra, en la que el estado del bienestar se desmorona, en la que hay gente que pasa hambre, ya no importa lo que es legal o no, sino lo que es justo.