domingo, 31 de marzo de 2013

0,76 € al año


Imagen: Flickr
Hace unos días dejó de funcionarme Whatsapp. Llevaba varios días saliendo un mensaje recordándome que el servicio caducaba en breve, y tenía que pagar la cuota para otro año de uso. Lo fui dejando ir hasta que llegó el día y no pude usarlo, aunque tampoco me salía ya la opción de comprarlo. Probé a descargar la última actualización y parece que ha vuelto a funcionar, aunque no sé por cuanto tiempo.

El caso es que después de esto, me puse a pensar en el precio de la aplicación, y en lo que nos gastamos en otras cosas. 76 céntimos al año es una cantidad tan ridícula que la negativa a pagarla estaba más relacionada con la costumbre que con la lógica. Estamos acostumbrados a no pagar por software. Y en algunos casos tiene sentido, muchos programas son caros, tienen precios orientados a profesionales que no todos los usuarios pueden permitirse. Pero 76 céntimos al año por una aplicación que usamos a diario y que funciona muy bien, me parece más que justo.

Por un lado, hay que entender que, por mucho que no nos demos cuenta, detrás de una aplicación hay un grupo de personas que trabajan, no solo para desarrollarla, sino para mantenerla, actualizarla y corregir los errores. Igual que hoy la gente ya no usa Windows 3.1, las aplicaciones de móviles también se irán quedando obsoletas si alguien no las va actualizando. Por otro lado, si analizamos las alternativas, aunque existen varios programas gratuitos con las mismas funcionalidades, hay algo en lo que fallan todas las que he probado; la complejidad. Whatsapp no es mejor porque pueda hacer más cosas, porque sea más segura o más bonita. Es una cuestión de simplicidad por lo que ahora lo usan millones de personas de todas las edades. Ha dejado de ser una aplicación para usuarios avanzados y se ha convertido en universal, porque es sencilla.

He leído varios mensajes en Internet criticando a la gente que se gasta cientos de euros en un teléfono móvil y no se quiere gastar menos de un euro en una aplicación, pero creo que la comparación es un error. Que yo decida gastarme más dinero en una cosa que en otra no viene al caso, la cuestión es si merece la pena pagar 76 céntimos al año por usar la aplicación y si el precio es justo.

viernes, 15 de marzo de 2013

El rato que fui de amena

Imagen: Flickr
Hace algo más de un mes que terminó el periodo de permanencia que tenía con Yoigo, y viendo los precios de las tarifas de voz y datos del mercado, decidí cambiar de compañía para ahorrar unos euros al mes. Después de ver varias opciones, me decidí por amena, que por 7 euros más IVA al mes, ofrece 1 GB de datos y llamadas a 1 céntimo el minuto (más 15 céntimos de establecimiento por cada llamada). Solicité la portabilidad a través de Internet y al momento comenzó a tramitarse.

Al día siguiente me llamaron de Yoigo para preguntar por la potabilidad y el motivo de la misma, y tras escuchar mi explicación, me ofrecieron una tarifa muy parecida, pero con 3000 minutos al mes de llamadas a 0 céntimos el minuto (más 15 céntimos por llamada…). Tras sopesarlo un poco, y teniendo en cuenta que hasta ahora el funcionamiento de la red había sido bastante bueno, decidí aceptar la contraoferta y permanecer en Yoigo. Y ese día descubrí el porqué de la mala fama de las compañías de telefonía móvil.

En primer lugar, desde Yoigo me dicen que tengo que llamar a amena para cancelar la potabilidad, pero es más fácil hablar por teléfono con Obama que con atención al cliente. Después de 5 ó 6 intentos, cuando me cogen el teléfono, me dicen que el horario de cancelación de portabilidades es hasta las 14:00 (!!!!). Al final me vuelven a llamar de Yoigo para comunicarme que la portabilidad ya está hecha, pero que pueden gestionar mi vuelta directamente si estoy de acuerdo.

En ese momento me doy cuenta de que he cometido el error de no solicitar el código de desbloqueo para liberar el teléfono en el mismo momento que me ofrecieron la "retroportabilidad", así que el día que recibo la tarjeta de amena, al ponerla, compruebo que no puedo usarla e intento solucionarlo. Llamo a atención al cliente de Yoigo y un contestador comienza a pedirme mis datos. Una vez introducido el móvil y el dni me comunican que mis datos no coinciden con ningún cliente (efectivamente, durante ese día, a efectos prácticos, yo no era cliente), por lo que no puedo pasar la barrera de ese contestador. Busco varios teléfonos por Internet y tras llamar a unos 5 ó 6 números diferentes, consigo que una operadora me confirme que, la única opción de que ellos me faciliten el código para liberar el móvil, es que sea cliente en el momento de pedirlo. Si había sido cliente un día antes, durante más de un año y medio, o iba a serlo de nuevo al día siguiente, no tiene ninguna importancia, porque justo en ese momento yo no era cliente.

Después de un rato charlando, le pregunto a la operadora que, si yo no quisiera volver a Yoigo y quedarme en la otra compañía, la única opción que tendría para liberar el móvil sería, volver a solicitar la potabilidad a Yoigo, solicitar el código, y automáticamente volver a solicitar la potabilidad a otra compañía. Ella me confirma que es la única opción que me quedaría.

Finalmente, tras la odisea de llamadas, decido tirar por la calle de en medio y, aprovechando que el móvil es android y tengo permisos de root, descargo del market una aplicación que, tras un par de clics y unos 2 minutos de espera, libera el teléfono permitiendo usar una tarjeta SIM de cualquier compañía. Meto mi tarjeta de amena y comienzo a usar el móvil desde aproximadamente las 20:00, y a las 2 de la mañana vuelvo a ser cliente de Yoigo.

He sido cliente de Yoigo más de un año y medio, he sido cliente de amena durante varias horas, y en ambos casos tengo la misma sensación desesperante de ver lo mal que gestionan las relaciones con los clientes las compañías telefónicas.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La dación en pago y la cultura del alquiler

Imagen: Flickr
Ahora que este gobierno, posiblemente uno de los más desastrosos de la democracia, intenta justificar el rechazo hacia la iniciativa legislativa popular acerca de los desahucios, los medios de comunicación no parece que den cabida a ninguna propuesta alternativa al problema de la vivienda en este país (también podría ser que nadie esté planteando alternativas).

Creo que hay dos cosas que se están pasando por alto todo el tiempo en este debate. En primer lugar, no creo que los desahucios sean la solución para los bancos. La mayoría de entidades financieras tienen ya una enorme bolsa de viviendas desocupadas, muchas de ellas procedentes de promociones que nunca llegaron a venderse (viviendas que no han tenido dueño). Desahuciar a una familia para, posteriormente, intentar vender la vivienda y así intentar recuperar el dinero invertido, parece una mala idea, habida cuenta del desplome de precios que todavía no ha llegado a su fin. Cualquier alternativa que permita, a corto o largo plazo, un mínimo ingreso de quienes ahora mismo no pueden hacer frente a sus hipotecas, parece más razonable. Por ejemplo, ofrecer alquileres sociales a esas familias, obteniendo un beneficio extra y sin perder la posibilidad de algún día vender esa vivienda.

Pero cuando analizas a fondo la situación, caes en la cuenta de un segundo punto de vista; las personas que viven de alquiler. En España existe una cultura muy arraigada sobre la propiedad inmobiliaria, y es común escuchar consejos del tipo, "el alquiler es tirar el dinero, si compras estás invirtiendo". Esa frase, que tiene parte de verdad, es una visión muy sesgada sobre el tema. Es posible que, si te paras a hacer cuentas, descubras que los intereses que pagas por una vivienda a lo largo de tu vida, se parezcan mucho a la cantidad total que puedes pagar por un alquiler durante los mismos años. Sin contar con otros factores, como la "libertad" de cambiar de vivienda, de ciudad o incluso de país. De cualquier forma, es verdad que una vivienda en propiedad (aunque hasta que no pagas el último céntimo, la vivienda es del banco), aporta cierta seguridad en la vida de una familia. Y ahí es donde quería llegar.

Muchas personas que actualmente viven de alquiler, lo hacen simplemente porque no han tenido oportunidad de acceder a la compra de una vivienda. Se está hablando mucho de luchar contra los desahucios por el impago de las hipotecas, pero, ¿qué ocurre si una persona no puede pagar el alquiler de la vivienda en la que reside? Actualmente existen dos opciones para el inquilino; dejar de pagar y permanecer en la vivienda hasta que la justicia tome partido; o abandonar la vivienda en busca de una opción viable (un alquiler más barato, compartir piso, volver a la vivienda familiar…). ¿Qué ocurre si, una familia que vive de alquiler y no puede pagar la cuota, decide que aunque la vivienda no es de su "propiedad", es su hogar y no quiere abandonarlo? ¿Consideraría la sociedad que los están echando de "su" casa y apoyaría igualmente un movimiento que paralizara dichos desahucio? ¿Tendrán algunos que arrepentirse de no haber solicitado una hipoteca, por miedo a no poder hacer frente a la misma, y haber optado por vivir de alquiler? ¿Vamos a concederle mayor protección a quienes pagan "su" vivienda al banco que a quienes lo hacen a un casero?